
Comencemos por decir que el sexo se creó para disfrutarlo. La madre Naturaleza, Dios o quien sea el que “mueve la bola”, convirtió el acto sexual en una actividad placentera. Lógicamente, la única finalidad era asegurar la existencia humana; una grata recompensa que se recibía a cambio de colaborar en la procreación.Obviamente, el ser humano muy pronto vio la posibilidad de sacar mayor rendimiento al placer, dejando al margen la natalidad y sus conse-cuencias. Así surgió “el oficio más antiguo del mundo” para satisfacer al macho; de este modo volvía más “tranquilo” a su hogar, y no pagaba su esposa el exceso de adrenalina.Por otra parte, la mujer comenzó a buscar placer en otros hombres, al darse cuenta de que ella también tenía derecho a gozar, y no ser un simple “depósito de esperma”.Pero llegó la Iglesia y con ella la represión. Calificaron al acto sexual como “sucio y obsceno”, y promulgaron la famosa ley de: “un polvo, un hijo”. Este fue el nacimiento de los hipócritas beatos.Desde entonces, ha habido infinidad de muertes, torturas, castigos y represiones por motivos sexuales; adulteras lapidadas en los países árabes, -por orden de otra “Iglesia” que utiliza métodos parecidos-, muchachas promiscuas quemadas en la hoguera de la “Santa Inquisición”, acusadas de ejercer la brujería, -simplemente porque practicaban el coito con posturas diferentes a la del “misionero”-. ¡PECADO! ¡BLASFEMIA! ¡A LA HOGUERA! Con estas simples palabras se acababa con la vida de las personas. Y la mujer siempre se llevaba la peor parte. Cuando a alguien le agradaba el sexo y lo practicaba asiduamente, ya se sabía: “el hombre era muy macho, y la mujer una golfa”.Hoy en día, aunque se han producido muchos cambios, en lo substancial todo sigue igual. El hombre promiscuo sigue siendo muy hombre y la mujer es considerada lo de siempre…Centrándonos en la vida sexual actual, hay que diferenciar dos ópticas, dos maneras de ver la vida totalmente opuestas que hace referencia el enunciado del capítulo: la vida sexual sana, -que es la manera más habitual de relacionarse sexualmente-, y la de los hipócritas beatos.En una vida sexual sana, hay una relación -heterosexual, homose-xual o bisexsual-, y no existen límites ni tabúes. La única condición es que todos -parejas, tríos, cuartetos, etc. etc…-, estén de acuerdo con lo que quieran hacer. No tiene que haber ninguna presión intimidatoria que obligue a alguien a hacer algo que no le apetece; no importa si la relación es sadomasoquista, no importa que quieran simular una violación, lo ver-daderamente importante es que todos den su consentimiento libremente.Hay que hacer una excepción con la zoofilia, porque…¿quién le ha pedido permiso a un perro o a una oveja para permitir abusar de ellos? Eso es sin lugar a dudas una violación; porque el animal se ve sometido a una situación que no puede remediar, por mucho que lo intente, -aunque afortunadamente hay veces, que un buen mordisco en las “partes blandas” quitan las ganas a más de un violador-.Lo mismo tengo que decir del necrófilo. ¿Acaso se le ha preguntado al muerto si quiere hacer el acto sexual? No ¿verdad? ¡Pues dejarle des-cansar en paz! ¡Que ya no tiene el cuerpo para tanta marcha!Otro límite en la vida sexual sana es la edad. Pero no la edad física de las personas, sino la edad mental. Esta edad mental no la puede con-templar la ley hoy en día, porque la legislación sitúa un tope, y de ahí para abajo les llaman a todos menores. Aunque en realidad, hay muchos “menores” que ya están preparados -física y mentalmente- para la vida sexual adulta. Por el contrario existen muchos “mayores”, que todavía creen que “la cosita” sólo hay que utilizarla para “hacer pipí”.Pero descontando estos límites evidentes, todo lo demás está permitido en la vida sexual sana. La denomino sana, porque es la mejor manera de formar personas equilibradas, utilizando la imaginación para combatir el aburrimiento y la monotonía -¿a qué sexólogo no le he oído yo decir esto antes?-.¿Que quieres hacer una orgía? ¿Están todos conforme? ¿Sí? ¡Pues vale!¿Que te apetece darle a tu “esclavo” con un látigo mientras se come tus excrementos? ¿No le importa a él? ¿No? ¡Dale duro, y que siga comiendo!¿Que te gusta que te penetren por el oído? ¿Tan pequeña la tiene? ¿Te da gusto? ¿A él también? ¿De verdad? Entonces… ¡A qué esperas!¿Que disfrutas mirando a tu mujer cómo “lo hace” con otro? ¿A ellos no les importa que mires? ¿No? Entonces… ¡Adelante! Pero luego no vayas de “cornudo” por la vida.¿Que lo que te produce mayor placer es practicar el sexo en familia con tus padres y hermanos? Hombre… un poco extraño si que es… Pero yo no voy a ser el censor que te lo prohiba.En definitiva; que cada uno haga la vida sexual que quiera, -con los lógicos límites descritos anteriormente-, y que nadie se entrometa decla-rándose “defensor de la moralidad”.Asimismo, hay que respetar a los que quieren mantener su virginidad por encima de todo, porque es un derecho personal. Cada uno es dueño de hacer con su cuerpo lo que le apetezca.Pero lo que resulta incomprensible en este mundo tan hipócrita, es que estas personas, así como otras que supuestamente no deberían mante-ner contactos sexuales -por dedicar su vida a Dios-, juzguen como actos aberrantes, todo aquello que no esté orientado a engendrar vida. ¿Quiénes son ellos para juzgar las acciones de los demás? ¿Cómo saben que el sexo sin tabúes es perjudicial? ¿Por qué hablan de algo que no conocen? ¿O… sí lo conocen?Siempre me he preguntado… ¿a qué dedicarán el tiempo libre en los conventos y monasterios para no terminar aburriéndose? ¿A rezar? Sí… ¿y a qué más?Los beatos del capítulo anterior son los más reprimidos en el terre-no sexual; al no poseer una “válvula de escape” que les libere de las tensiones, suelen llegar a cometer verdaderas atrocidades cuando se les “salta el chip”.
El comportamiento sexual de las personas, hay que clasificarlo según las diferentes etapas de la vida: infancia, juventud, madurez y vejez. La actividad sexual -en condiciones normales-, debería prolongarse durante toda nuestra existencia, -lógicamente, la asiduidad de las relaciones disminuye con la edad-.En la etapa infantil, aunque no está contemplada como una activi-dad sexual real, empezamos a sentir que “eso que tenemos entre pierna y pierna”, nos produce una agradable sensación si lo rozamos con algo o alguien, -todo el mundo sabe que hasta los bebés tienen erecciones-. Muchos juegos infantiles buscan como finalidad el placer sexual. Este placer es sano e inocente, y no se debe mirar con ojos obscenos.Esta etapa infantil, bien llevada, sin traumas ni prohibiciones absur-das, es una buena preparación para “pasar a la acción” unos cuantos años más tarde.Para que la infancia no deje huellas traumáticas, es necesario la colaboración de unos padres tolerantes, que eduquen al hijo sin ocultar los “terribles misterios” que esconde el sexo. Cuando el niño llegue a tener la suficiente capacidad de comprensión, es necesario enseñarle poco a poco la “asignatura sexual”, respondiendo a su vez a todas sus dudas; desde cómo vienen los niños al mundo, hasta los métodos anticonceptivos y de prevención de enfermedades por transmisión sexual. Es mejor que lo aprendan de un adulto que de los amigos del colegio. No hay que ocultarles nada, porque queramos o no, lo van a acabar aprendiendo en la calle. Es preferible saber las cosas pronto y bien, que tarde, mal y sin remedio.Cuando el niño ha nacido dentro de una familia tradicional de hipócritas beatos, entonces… “lo tiene un poco crudo”, porque todo serán prohibiciones: “el que se toque la cosita irá al infierno”, “eso son guarra-das”, “los niños vienen de París”, etc. etc… Total, que estos hijos de beatos suelen acabar de dos maneras: o bien, traumatizados para toda la vida, esperando su príncipe -o princesa- azul que no llegará nunca, y de tanto esperar, terminan sus días “sin comerse una rosca”; o engendrando “churumbeles” siendo aún adolescentes, por creerse lo de París.También en ciertos casos, cuando el trauma infantil provocado por los beatos es muy profundo, estos niños, al hacerse mayores han acumu-lado tanta adrenalina reprimida, que un día van y explotan. Consecuencias: violaciones y crímenes sádicos cometidos por perturbados. Luego se dirá lo de siempre: “era un muchacho normal, muy educado, un poco tímido, nunca me hubiera esperado que fuese un asesino…”.¿Y quien tiene la culpa? ¿La sociedad? No; solamente ciertos hipócritas que se encuentran en ella; y gracias a la educación severa e intransigente que dan a sus hijos, provocan graves situaciones irreversibles.¿Y cuantos casos de abusos sexuales se dan en estas familias repri-midas? Está comprobado que cuanto más “honorables” parecen, menos te puedes fiar de lo que hagan con sus hijos. Porque a los hipócritas beatos, tarde o temprano se les ve de qué van.
Al entrar en la etapa juvenil, la cosa cambia. Los jóvenes actual-mente practican el sexo con asiduidad. Se dejan llevar más por el instinto, que por los sentimientos afectivos profundos. Su lema es: “disfruto ahora y que me quiten lo bailao”. El sexo no lo ven complicado, se hace y ya está. La virginidad pierde su notoria importancia de épocas anteriores.Esta etapa se caracteriza además por la gran potencia sexual de los jóvenes, -aunque algunos no posean la experiencia necesaria como para rematar bien “la faena”-.Existen diferencias de comportamiento sexual entre el hombre y la mujer. El varón es más promiscuo en esta etapa, pero es la mujer quien se puede permitir el lujo de seleccionar a su “presa”.El muchacho joven, casi nunca ofrece reparos a la hora de mantener una relación sexual, aunque sea con diferentes mujeres. Es como si el subconsciente le animara a ello, porque metafóricamente, representa a un labrador que va depositando semillas por todo el campo, y cuantas más semillas haya sembrado, mejor se sentirá anímicamente.Por el contrario, la mujer joven, busca más el afecto que la propia penetración. Se siente más utilizada, porque piensa que da mucho más de lo que realmente recibe, -porque ella es la que pone “el recipiente”-.En realidad, no nos diferenciamos mucho de nuestros amigos los perros. La perra cuando entra “en celo”, tiene a todos los machos a su alrededor, y ella escoge al que le apetezca, mientras los demás “se les cae la baba” esperando su turno. Pero el ser humano, como no va con el sexo al descubierto por la calle, y no tiene el olfato tan desarrollado como para oler el deseo sexual de los demás, se las tiene que apañar con otros métodos más sutiles. De esta forma surgió lo que ordinariamente denominamos “ligar”. Pero para conseguir “ligar”, hay que pasar previamente por la fase del “pendoneo”.El “pendoneo” es la actividad lúdica a la que dedica más tiempo la juventud. Podría definirse como el conjunto de tácticas orales y visuales, que se utilizan para atraer la atención de las personas que nos interesan afectivamente.“Ligar” y “pendonear”, aunque son dos términos parecidos, les separa una gran diferencia. Mientras el “ligue” tiene como finalidad consumar una relación sexual, el “pendoneo” se conforma con elevar el “ego”.La persona a la que le gusta “pendonear”, disfruta cuando sus admiradores “caen rendidos a sus pies”; y una vez conseguido este punto, pierde el interés, porque ya ha logrado su propósito y ahora los ve como “perritos falderos”.Otro de los objetivos del “pendoneo” es provocar los celos. Gene-ralmente, la persona “pendona”, tiene a su compañero -o compañera- sentimental al lado, quien debe “soportar” todo su juego; -y si no está cerca… no importa; porque ya se lo contará luego todo “con pelos y señales”-.La conducta del “pendón” tiene su explicación. Por una parte los “pendones” mejoran su autoestima, -aunque la mayoría llegan al engrei-miento-; y por otro, quieren demostrar a su pareja que aún pueden atraer a los demás, como diciendo: “ándate con ojo…, que si tú no me quieres, no me van a faltar pretendientes”. Aunque en realidad, lo que tienen es un profundo temor a perder a la persona que aman.¿Cómo se puede detectar si nuestra pareja es “pendona”? Muy sencillo. Simplemente tenemos que analizar su comportamiento con los demás. Lo voy a explicar con una escena muy común:Una pareja de novios va paseando por la calle, su actitud es normal, hablando con naturalidad. De pronto, se encuentran con alguien que conoce uno de los dos. La persona que es “pendona” súbitamente cambiará de comportamiento, como si poseyera doble personalidad, y empezará a hacerse la divertida “riéndole las gracias” al que acaba de conocer, -que siempre es del sexo opuesto, a no ser que la pareja sea gay-.Este comportamiento es muy habitual en nuestra sociedad; pero aunque produzca malestar por los celos, no hay que dar demasiada importancia a la situación, porque en casi todos los casos, es un juego de seducción que no pasa “a mayores”.También cabe la posibilidad de hacer como en los países islámicos: “tapar a mi mujer -o a mi hombre- para que no lo mire nadie”; pero tam-poco es buen remedio, porque por muy “tapaditos” que parecen que van los árabes, está demostrado que los genitales los llevan “bien sueltos”, cumpliendo a rajatabla el famoso dicho de: “aquí te pillo, aquí te mato”.En definitiva, es mejor no darle muchas vueltas al asunto, porque no tiene tanta importancia. ¿Que está en juego el “honor”? ¿Que me van a poner los cuernos? Tonterías. Sé de un conocido que me suele decir: “a mí la mujer nunca me va a poner los cuernos, porque el cornudo es al que le engañan, y yo ya parto con la idea de que mi esposa es una golfa”.Y tiene razón, -en lo de que su mujer es una golfa… no lo sé-. Por-que si no hay engaño, no puede haber adulterio.Pero volviendo a los “pendones” juveniles, voy a describir otros indicios que nos llevan a identificarlos.Imaginemos que nos encontramos en un pub de moda un Sábado por la noche; uno de tantos pubs que se encuentran a rebosar de gente, y en los que hay que librar una verdadera batalla con la multitud, para llegar a la barra y pedir una cerveza. ¿Cómo se identifica a los “pendones”? Fácilmente. Son las personas que se hacen notar; bien sea por sus gesticulaciones, -como puede ser, el pasarse la mano por el pelo cada ocho segundos, o la peculiar manera que tienen de agarrar el vaso, o el cigarrillo, etc. etc.-. Pero la mejor manera de identificarlos es observando cómo miran a los demás. Suelen situarse en lugares estratégicos del local como si fuesen estatuas, así pueden observar mejor “el ganado”, pero sobre todo lo hacen para que les miren. Visten a la última moda, cuidando mucho su aspecto. Los ojos es el arma más efectiva en estos ambientes, porque los decibelios no permiten otro tipo de comunicación.Lo que no entiendo es… ¿por qué hay tanto afán por entrar a un local saturado de gente? ¿Los jóvenes son “masoquistas del agobio”? ¿Acaso es por sentir el roce humano? No lo sé. Lo cierto es que la juventud no entra en los bares que no hay “ambiente”. Pero… ¿a que le denominan “ambiente”? ¿A la decoración del local? ¿Al tipo de música que ponen? ¿O a las bebidas tan baratas que sirven? No, creo que no. El “ambiente” lo da la multitud. ¿Y por qué se quiere que un local esté lleno, cuando se va a tomar unas copas y a charlar con los amigos?Volvemos a lo mismo de siempre: el “pendoneo”; este es el motivo esencial. El volver a casa sabiendo que se ha cautivado a otras personas; aunque luego no ocurra nada más ¡no importa! El objetivo principal ya estaba cumplido: mejorar la autoestima.Así que ya lo saben, señores empresarios del sector hostelero; si quieren que su local se ponga de moda, no gasten inútilmente su dinero en cuñas radiofónicas, ni en anuncios de prensa, ni tampoco es necesario bajar el precio de las bebidas; lo único que tienen que hacer, es contratar por un mes, a unos cuantos jóvenes “guapos” de la “onda pija”, para que permanezcan en el local, y así parezca que esté lleno. Ya verán qué pronto “no cabe ni un alfiler”.
El comportamiento sexual de las personas, hay que clasificarlo según las diferentes etapas de la vida: infancia, juventud, madurez y vejez. La actividad sexual -en condiciones normales-, debería prolongarse durante toda nuestra existencia, -lógicamente, la asiduidad de las relaciones disminuye con la edad-.En la etapa infantil, aunque no está contemplada como una activi-dad sexual real, empezamos a sentir que “eso que tenemos entre pierna y pierna”, nos produce una agradable sensación si lo rozamos con algo o alguien, -todo el mundo sabe que hasta los bebés tienen erecciones-. Muchos juegos infantiles buscan como finalidad el placer sexual. Este placer es sano e inocente, y no se debe mirar con ojos obscenos.Esta etapa infantil, bien llevada, sin traumas ni prohibiciones absur-das, es una buena preparación para “pasar a la acción” unos cuantos años más tarde.Para que la infancia no deje huellas traumáticas, es necesario la colaboración de unos padres tolerantes, que eduquen al hijo sin ocultar los “terribles misterios” que esconde el sexo. Cuando el niño llegue a tener la suficiente capacidad de comprensión, es necesario enseñarle poco a poco la “asignatura sexual”, respondiendo a su vez a todas sus dudas; desde cómo vienen los niños al mundo, hasta los métodos anticonceptivos y de prevención de enfermedades por transmisión sexual. Es mejor que lo aprendan de un adulto que de los amigos del colegio. No hay que ocultarles nada, porque queramos o no, lo van a acabar aprendiendo en la calle. Es preferible saber las cosas pronto y bien, que tarde, mal y sin remedio.Cuando el niño ha nacido dentro de una familia tradicional de hipócritas beatos, entonces… “lo tiene un poco crudo”, porque todo serán prohibiciones: “el que se toque la cosita irá al infierno”, “eso son guarra-das”, “los niños vienen de París”, etc. etc… Total, que estos hijos de beatos suelen acabar de dos maneras: o bien, traumatizados para toda la vida, esperando su príncipe -o princesa- azul que no llegará nunca, y de tanto esperar, terminan sus días “sin comerse una rosca”; o engendrando “churumbeles” siendo aún adolescentes, por creerse lo de París.También en ciertos casos, cuando el trauma infantil provocado por los beatos es muy profundo, estos niños, al hacerse mayores han acumu-lado tanta adrenalina reprimida, que un día van y explotan. Consecuencias: violaciones y crímenes sádicos cometidos por perturbados. Luego se dirá lo de siempre: “era un muchacho normal, muy educado, un poco tímido, nunca me hubiera esperado que fuese un asesino…”.¿Y quien tiene la culpa? ¿La sociedad? No; solamente ciertos hipócritas que se encuentran en ella; y gracias a la educación severa e intransigente que dan a sus hijos, provocan graves situaciones irreversibles.¿Y cuantos casos de abusos sexuales se dan en estas familias repri-midas? Está comprobado que cuanto más “honorables” parecen, menos te puedes fiar de lo que hagan con sus hijos. Porque a los hipócritas beatos, tarde o temprano se les ve de qué van.
Al entrar en la etapa juvenil, la cosa cambia. Los jóvenes actual-mente practican el sexo con asiduidad. Se dejan llevar más por el instinto, que por los sentimientos afectivos profundos. Su lema es: “disfruto ahora y que me quiten lo bailao”. El sexo no lo ven complicado, se hace y ya está. La virginidad pierde su notoria importancia de épocas anteriores.Esta etapa se caracteriza además por la gran potencia sexual de los jóvenes, -aunque algunos no posean la experiencia necesaria como para rematar bien “la faena”-.Existen diferencias de comportamiento sexual entre el hombre y la mujer. El varón es más promiscuo en esta etapa, pero es la mujer quien se puede permitir el lujo de seleccionar a su “presa”.El muchacho joven, casi nunca ofrece reparos a la hora de mantener una relación sexual, aunque sea con diferentes mujeres. Es como si el subconsciente le animara a ello, porque metafóricamente, representa a un labrador que va depositando semillas por todo el campo, y cuantas más semillas haya sembrado, mejor se sentirá anímicamente.Por el contrario, la mujer joven, busca más el afecto que la propia penetración. Se siente más utilizada, porque piensa que da mucho más de lo que realmente recibe, -porque ella es la que pone “el recipiente”-.En realidad, no nos diferenciamos mucho de nuestros amigos los perros. La perra cuando entra “en celo”, tiene a todos los machos a su alrededor, y ella escoge al que le apetezca, mientras los demás “se les cae la baba” esperando su turno. Pero el ser humano, como no va con el sexo al descubierto por la calle, y no tiene el olfato tan desarrollado como para oler el deseo sexual de los demás, se las tiene que apañar con otros métodos más sutiles. De esta forma surgió lo que ordinariamente denominamos “ligar”. Pero para conseguir “ligar”, hay que pasar previamente por la fase del “pendoneo”.El “pendoneo” es la actividad lúdica a la que dedica más tiempo la juventud. Podría definirse como el conjunto de tácticas orales y visuales, que se utilizan para atraer la atención de las personas que nos interesan afectivamente.“Ligar” y “pendonear”, aunque son dos términos parecidos, les separa una gran diferencia. Mientras el “ligue” tiene como finalidad consumar una relación sexual, el “pendoneo” se conforma con elevar el “ego”.La persona a la que le gusta “pendonear”, disfruta cuando sus admiradores “caen rendidos a sus pies”; y una vez conseguido este punto, pierde el interés, porque ya ha logrado su propósito y ahora los ve como “perritos falderos”.Otro de los objetivos del “pendoneo” es provocar los celos. Gene-ralmente, la persona “pendona”, tiene a su compañero -o compañera- sentimental al lado, quien debe “soportar” todo su juego; -y si no está cerca… no importa; porque ya se lo contará luego todo “con pelos y señales”-.La conducta del “pendón” tiene su explicación. Por una parte los “pendones” mejoran su autoestima, -aunque la mayoría llegan al engrei-miento-; y por otro, quieren demostrar a su pareja que aún pueden atraer a los demás, como diciendo: “ándate con ojo…, que si tú no me quieres, no me van a faltar pretendientes”. Aunque en realidad, lo que tienen es un profundo temor a perder a la persona que aman.¿Cómo se puede detectar si nuestra pareja es “pendona”? Muy sencillo. Simplemente tenemos que analizar su comportamiento con los demás. Lo voy a explicar con una escena muy común:Una pareja de novios va paseando por la calle, su actitud es normal, hablando con naturalidad. De pronto, se encuentran con alguien que conoce uno de los dos. La persona que es “pendona” súbitamente cambiará de comportamiento, como si poseyera doble personalidad, y empezará a hacerse la divertida “riéndole las gracias” al que acaba de conocer, -que siempre es del sexo opuesto, a no ser que la pareja sea gay-.Este comportamiento es muy habitual en nuestra sociedad; pero aunque produzca malestar por los celos, no hay que dar demasiada importancia a la situación, porque en casi todos los casos, es un juego de seducción que no pasa “a mayores”.También cabe la posibilidad de hacer como en los países islámicos: “tapar a mi mujer -o a mi hombre- para que no lo mire nadie”; pero tam-poco es buen remedio, porque por muy “tapaditos” que parecen que van los árabes, está demostrado que los genitales los llevan “bien sueltos”, cumpliendo a rajatabla el famoso dicho de: “aquí te pillo, aquí te mato”.En definitiva, es mejor no darle muchas vueltas al asunto, porque no tiene tanta importancia. ¿Que está en juego el “honor”? ¿Que me van a poner los cuernos? Tonterías. Sé de un conocido que me suele decir: “a mí la mujer nunca me va a poner los cuernos, porque el cornudo es al que le engañan, y yo ya parto con la idea de que mi esposa es una golfa”.Y tiene razón, -en lo de que su mujer es una golfa… no lo sé-. Por-que si no hay engaño, no puede haber adulterio.Pero volviendo a los “pendones” juveniles, voy a describir otros indicios que nos llevan a identificarlos.Imaginemos que nos encontramos en un pub de moda un Sábado por la noche; uno de tantos pubs que se encuentran a rebosar de gente, y en los que hay que librar una verdadera batalla con la multitud, para llegar a la barra y pedir una cerveza. ¿Cómo se identifica a los “pendones”? Fácilmente. Son las personas que se hacen notar; bien sea por sus gesticulaciones, -como puede ser, el pasarse la mano por el pelo cada ocho segundos, o la peculiar manera que tienen de agarrar el vaso, o el cigarrillo, etc. etc.-. Pero la mejor manera de identificarlos es observando cómo miran a los demás. Suelen situarse en lugares estratégicos del local como si fuesen estatuas, así pueden observar mejor “el ganado”, pero sobre todo lo hacen para que les miren. Visten a la última moda, cuidando mucho su aspecto. Los ojos es el arma más efectiva en estos ambientes, porque los decibelios no permiten otro tipo de comunicación.Lo que no entiendo es… ¿por qué hay tanto afán por entrar a un local saturado de gente? ¿Los jóvenes son “masoquistas del agobio”? ¿Acaso es por sentir el roce humano? No lo sé. Lo cierto es que la juventud no entra en los bares que no hay “ambiente”. Pero… ¿a que le denominan “ambiente”? ¿A la decoración del local? ¿Al tipo de música que ponen? ¿O a las bebidas tan baratas que sirven? No, creo que no. El “ambiente” lo da la multitud. ¿Y por qué se quiere que un local esté lleno, cuando se va a tomar unas copas y a charlar con los amigos?Volvemos a lo mismo de siempre: el “pendoneo”; este es el motivo esencial. El volver a casa sabiendo que se ha cautivado a otras personas; aunque luego no ocurra nada más ¡no importa! El objetivo principal ya estaba cumplido: mejorar la autoestima.Así que ya lo saben, señores empresarios del sector hostelero; si quieren que su local se ponga de moda, no gasten inútilmente su dinero en cuñas radiofónicas, ni en anuncios de prensa, ni tampoco es necesario bajar el precio de las bebidas; lo único que tienen que hacer, es contratar por un mes, a unos cuantos jóvenes “guapos” de la “onda pija”, para que permanezcan en el local, y así parezca que esté lleno. Ya verán qué pronto “no cabe ni un alfiler”.
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